19 septiembre 2018 Por: Agustina Gimbatti literatura, Mujeres con pelos, Poesía, Rupi Kaur
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Los cuerpos biológicamente femeninos tienen el poder de crecer pelo. Sobre el cuero cabelludo, sobre los bordes de los párpados, sobre la base de la frente, y sí, también, sobre las piernas, el pubis y bajo las axilas. Quizás suene exorbitante considerarlo, porque nadie ha visto jamás una publicidad de depilación donde la destinataria del producto de eliminación del vello tenga vello alguno por eliminar. ¿Afeitadora? Se pasa sobre la piel lampiña. ¿Cera caliente? Sobre la piel lampiña. ¿Máquinas, cintas descartables, cremas? Tan bueno es el producto que depila antes de depilar. Aterra al pelo hasta hacerlo desaparecer antes incluso de su implementación.

 

Nos han y nos hemos prohibido ver mujeres con pelo. Nos han y nos hemos enseñado a quitarnos los pelos. Arrancarlos, cortarlos, quemar los folículos pilosos con luces y lásers. Puede doler, podemos lastimarnos, pero por un tiempo, estamos sin pelo.

 

 

Por un tiempo. Si tenemos suerte, fuerza y salud, nuestros cuerpos se recuperan. Las mujeres tenemos derecho a arrancarnos todos los pelos que se nos dé la gana, obvio. Da igual si lo hacemos por preferencia estética o si buscamos adaptarnos a jugar con las reglas del juego para sacar ventaja. Nuestro es el derecho a utilizar las estrategias de seducción que mejor nos parezca. El cuerpo nos quiere proteger del modo en que sabe, y continúa en su intento de abrigarnos.

***

Rupi Kaur es una artista canadiense de origen indio que escribe e ilustra poesía. También la recita y actúa, como puede verse en su charla TEDx.  “Milk and honey” (Leche y miel) es su primer poemario. Fue primero publicado por ella de manera independiente en 2014, y luego, tras el éxito de ventas, adquirido por la editorial Andrews McNeel, que lo reeditó en 2015. Milk and Honey tiene este poema en la página 165:

 

 

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💅🏽a throwback. page 169 from #milkandhoney

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Propongo esta humilde traducción:
“la próxima vez que él
señale que el
vello de tus piernas está
creciendo de vuelta recuérdale
a ese niño que tu cuerpo
no es su hogar
él es un invitado
adviértele que
nunca sobrepase
su bienvenida
de nuevo”

 

Nos encontramos con dos personajes. La primera, la protagonista, es la destinataria de todo el poema. El texto está escrito en segunda persona gramatical (cuyo uso es más bien raro en literatura) y en modo imperativo. No es un manual de instrucciones, claro que no, pero es un gentil consejo, y el modo imperativo es el que se presta para la ocasión. El segundo personaje está descripto como “that boy”, “ese niño”. El uso de “boy” es curioso (y claramente adrede), dado que suele usarse para referirse solamente a los varones que están en la infancia y quizás la temprana adolescencia. Mientras que “girl” se usa para referirse a quien tiene 5 años tanto como a quien tiene 35 (un punto de irritación en muchos círculos feministas anglosajones), a los muchachos se los llaman “men”. Hombres, no niños. Pero no aquí. No a quien comete la inmadurez de sobrepasar la bienvenida.

Sería un error leer en el poema un despido, nadie está echando al niño. Sigue siendo bienvenido. Tampoco puede leerse una bajada de línea sobre qué debe hacer nuestra protagonista con su jardín. No sabemos por qué ella poda, y sigue siendo invitada a decidir hacerlo, si ella quiere. Pero ella es la anfitriona, él un huésped.

***

Hace un siglo Guillaume Apollinaire nos regaló hermosos caligramas. Las líneas de sus poemas no estaban ordenadamente apiladas, sino que tomaban caminos alternativos, se enrollaban y enredaban, giraban y se desviaban para formar figuras sobre el papel que hacían que el poema siguiera cantando. En este espejo podemos ver su cara en el centro, y cómo se siente al mirarse, en el marco:

 

 

“En este espejo estoy encerrado viviente y verdadero como se imagina a los ángeles y no como son los reflejos”.

En la poesía oral, el ritmo y la musicalidad son inseparables del texto. En la poesía escrita también (por eso aprendemos en la escuela sobre el género lírico, la rima y la métrica), pero además tenemos la posibilidad de jugar con un elemento más: la disposición del texto sobre la hoja. Rupi Kaur tiene mucha experiencia como poeta oral, y se nota en su performatividad que su cadencia y su lenguaje corporal son parte de sus poemas. También hay más que puro texto en su poesía escrita. Lo escrito y lo dibujado por Rupi conforman una unidad indivisible. No estamos frente a un poema ilustrado ni a una ilustración descripta. No son representaciones uno de la otra. Son dos estrofas de un mismo poema, y el orden de su lectura lo elige quien lee. La lectura está incompleta si se ignora una de las dos partes.

Para no quedar con la lectura a medias, entonces, hay que mirar el dibujo. Una mujer yace sobre su lado, mostrando la velleza que tiene en las piernas. Hongos, de origen fungi, hojas y flores de origen vegetal. El pelo es de origen animal, y muchas especies lo tienen para atraer una pareja, pero ella no tiene pelo, tiene un jardín. No es un espécimen de competencia de su especie, como un perro al que hacen desfilar para ganarse una cocarda que lo celebre como el mejor ejemplar de su raza. Su cuerpo no es un objeto a ser observado, es una casa para habitar y recibir invitados (que no deben sobrepasar su bienvenida). Nuestro organismo cultiva un jardín de flores (y hongos, helechos y centenares de otras maravillas botánicas). Podemos podarlo o fertilizarlo. Las opiniones de quien mire de afuera son de palo.

En estas casas nuestras adornaremos a nuestro gusto. Si no queremos el pelo, no tenemos que quedárnoslo. Pero quienes decidimos qué decoración se va y cuál se queda somos las dueñas. Rupi llega con un necesario recordatorio. Celebremos la casa que tenemos cuando la tenemos, y agradezcamos a este conjunto de células que no para de trabajar en nuestro beneficio. Y si no podemos recordar el poema entero, podemos hacer buen uso de nuestro viejo y querido refrán:

 

Ilustración de portada y final de la autora.

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