24 julio 2018 Por: Natacha Ferrer artes escenicas, colectivo, cuerpo, danza, experimentacion
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De esos días en los cuales la tierra de Añatuya se hacía sedienta de lluvia, niñas buscaban cómo ocupar su tarde. Explorando recovecos de la casa para satisfacer tal deseo, Alejandra empezó a revisar cada cajón. En uno de ellos, un objeto le llamó la atención: un sello de tinta. Este tenía grabado “Pagado”.

Mientras sus amigas debatían qué juego preferían cada una, ella se sentó y aplicó el sello en su pierna. Repitió la acción una y otras veces más, hasta tener la pierna izquierda cubierta de tinta. Luego en la otra pierna. Y como la piel no alcanzaba cubrió sus brazos de decenas de “Pagado”. Recién estaba alcanzando la última parcela descubierta de su hombro cuando sus amigas la despertaron de su esmerada tarea. La invitaban a ir a jugar en la plaza de enfrente. Alejandra salió entonces a la calle, siguiendo a sus acólitas del verano, con todo el cuerpo sellado de “Pagado”.

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Si intentaramos desviarnos del tema de la danza, queriendo conocer más de la bailarina Alejandra Valdés, siempre terminaríamos volviendo al cuerpo. El cuerpo como medio, en movimiento o expresándose. Es más fuerte que ella. Es que en este cuerpo encontró un lenguaje. Con éste canaliza, danza, interviene, piensa e investiga.

Desde chica necesitaba descargar por el cuerpo. “Era de esos típicos niños que trepaban a los árboles, que subían a los techos de las casas, que andaban en bicicleta”. A los cinco años, empezó a hacerse consciente de este diálogo entre mente y cuerpo. Y nunca paró. Su primera experiencia fue con el deporte, en el cual, como dice, encontró un encuadramiento. La pequeña santiagueña probó de todo: sobre ruedas, con una pelota, correr. Llegando al final de la secundaria, se cruzó con el teatro y el folklore, con una preferencia para el primero porque “siempre [le] gustaron más las cosas un poco delirantes”.

Por un momento, la carrera teatral se perfiló como posible futuro para Alejandra. Su anhelo por lo humanístico la orientó hacia la carrera de Comunicación Social en Rosario. Y como todos los caminos llevan a Roma, acabó encaminando sus estudios al cuerpo, tejiendo un puente entre arte y comunicación.

“Comencé a trabajar en colectivos artísticos. Ahí empecé a ver las herramientas que me aportaba la Comunicación. Cómo poder detectar ciertos entramados o fallas. Prestar atención a que en un grupo cada uno pueda cumplir un rol, que cada uno tiene una potencia. Cuál puede ser la mejor función que cumple uno para este colectivo. Me alucinaba empezar a ver estas cosas”.

Entonces podía tanto participar de la obra poniendo el cuerpo, como desde la gestión cultural o la producción. Rescata lo interesante de esta perspectiva para ver cómo mejorar ese trabajo en grupo, qué puede aportar uno para subsanar determinados tipos de problemáticas. Esto da sentido a su tarea. La vuelve más concreta, y aún más saludable.

experimentar el cuerpoAlejandra, sus hermanos y sus primos solían juntarse a compartir todo tipo de experimentos y aventuras. Les gustaba bailar, disfrazarse o inventar cosas. Podían pasar una tarde elaborando recetas imaginarias. Acababan comiendo masa cruda con la satisfacción de haberlo hecho por sí mismos. Otras veces se inventaban concursos de baile. Bailaban entre ellos, repartiéndose premios. Las puertas de su casa nunca permanecían quietas. Cuando uno de sus ocho hermanos se sentaba a comer, otro salía a dar una vuelta con los amigos. Esta circulación constante de energía hacía que las peleas fueran intensas, pero que a su vez las alegrías se compartan.

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Siempre estuvo con mucha gente. En casa con una familia numerosa o trabajando en colectivos artísticos. Grupo Didascalias, Grupo Teatro de La Huella, colectivo Umbrales, Dispositivo Multiplicador, Grupo Escaleno. Fueron algunas de las experiencias colectivas multiplicadas que la formaron como profesional y artista. Dentro de ellos participó, creó e inventó. Pero eso ocurrió hasta fines del 2015. Ese año se tomó vacaciones.

“Fueron muchos años. Necesito tener otra perspectiva”. Mientras hablamos gesticula, tuerce un brazo, estira una pierna. Siempre en movimiento.

Reconoce que está en un momento de cambio y fisura en cuanto a la danza. “Los colectivos de arte horizontales, como venía trabajando están en pausa por este momento. Necesitaba un momento para crecer de una nueva forma”. Cambio sí, pero siempre en continuidad con su infancia y sus experiencias. Cuenta que en sus laboratorios de danza ha llevado pelotas de básquet. “Hay un montón de cosas que ligo al deporte. Hace rato en realidad que me pasa pero no lo llevaba a cabo con otros”.

Esta búsqueda introspectiva la llevó a hacer una obra unipersonal: Semilla del Aire. Quería experimentar hasta el fondo con algo. Y con Semilla lo pudo hacer.

Alejandra comienza con esta obra una nueva mutación. Su creación no fue solo un viaje interno, sino que también se nutre de una revisión genealógica corporal, familiar, de sentires del espacio. A través del cuerpo, ella y la directora, Alicia Boggián, intentaron actualizar la memoria viva y ponerla en escena.

“A través de improvisaciones, se trató de llevar el cuerpo a un lugar que hable por sí mismo. Que entre en el inconsciente incluso. También aprovechaba investigar mi genealogía familiar. Las veces que viajaba, grababa sonidos, investigaba lenguajes con la gente del campo. Ahora fuimos de gira al Norte y nos tiraron unas datas increíbles.

Me dejé influenciar un poco por los sueños, un poco por las imágenes que veía, las fotos que sacaba. Después la directora desarrolló un guión, basándose en el poema El tiempo del Hombre de Atahualpa Yupanqui”.

Define la obra como una danza de las intensidades, de lo humano, de lo vegetal, lo animal. Una danza de las transformaciones.

Porque todo está muy ligado, sus trabajos no dejan de ser referenciales. La bailarina nunca pudo dejar de jugar. De niña aprendió que el deporte era un tipo de movimiento del cuerpo, lejos de las reglas, y que de la técnica se puede experimentar.

“Me motivó mucho el libro Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino. Habla de la rapidez, la lentitud, la visibilidad, la multiplicidad, la continuidad y la exactitud. Me pareció interesante para crear dispositivos experimentales para la danza y el movimiento. Y que haya una escucha, una producción interna y externa. Entonces, ¿qué sería experimentar la lentitud y las velocidades? ¿Qué sería experimentar el vacío en el cuerpo?”

Por ejemplo, ¿cómo sería mi cuerpo en el medio de una escena violenta? Pensó hace pocos años. En la obra dúo Narcótica intentó canalizar una preocupación anclada en el contexto del narcotráfico en Rosario, en 2014. En esa tarea del músculo, afectada por un entorno de desconfianza y tensiones, puso su cuerpo como canal de algo que no sabía hasta dónde podía llegar para sus espectadores, pero para ella también.

A veces las reglas del juego pueden llevar a lugares inesperados. Y aquí está un poco la gracia del ejercicio de lo experimental.

Cuando Alejandra cuenta sus trabajos, su infancia, sus proyectos e influencias, despierta una sensación de que todo está vinculado, como si cada experiencia hubiese sido “capitalizada” para tejer una trama con un sentido único e irrepetible.

experimentar el cuerpoFotografías: Ernesto Remedi

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