19 noviembre 2018 Por: Victoria Nannini Japan music, Lion dub Cut Studio, Oji & Ubiquity, Yamato Furuya
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Yamato Furuya es el Ōji, vendría a ser el príncipe de Japón. Su voz transmite paz pero al mismo tiempo energía. Él es la voz de Ōji & Ubiquity, una banda que transmite sus ensayos todos los miércoles a través de un streaming online propio del Lion Dub Cut Studio. El Príncipe conoce de géneros y las vivió todas. Asceta y minimalista, no toma alcohol como la mayoría de las personas japonesas suelen hacer en demasía, sólo fuma tabaco y toma café, usa sus remeras de Comme des Garçons porque le parece interesante el mensaje de la marca japonesa, así como también de Yohji Yamamoto.

 

En los inicios de su recorrido musical, Yamato conformó una banda que se llamaba The Soup con la que trabajaba los sonidos del R&B más sesentoso. Por aquella época, el joven músico se vestía al estilo de los Mod ingleses y se mezclaba con artistas y amistades cool que aparecieron en la escena del karaoke de Perdidos en Tokyo. Una de sus amigas es la reconocida fotógrafa Hiromix, quien lo retrató en una imagen de su libro Girls Blue.

 

 

Más adelante, Yamato formó parte de una banda de jazz funk japonés llamada Soul Mission y por aquel entonces estaba emparentado con un artista y dealer que entablaba relaciones con la Yakuza y una pandilla de California, vendiendo la marihuana conocida como Chronic. Yamato era tan jóven que se podría haber metido en problemas más serios si seguía vendiendo cannabis como JK pero su amigo lo protegió y le prohibió que tocara cualquier otra droga en su vida y así lo vigiló de lejos en cada show, pero nunca más le dirigió la palabra, bien al estilo de la mafia japonesa. Y Yamato, fiel a su promesa, nunca más tocó ninguna sustancia ilegal.

Yamato se codeaba con artistas del barrio de Shibuya en Tokyo, reconocido por haber prodigado bandas que adquirieron ese mismo nombre, las llamadas Shibuya-kei, tales como Pizzicato 5, Kahimi Karie, Buffalo Daughter y Cibo Matto.

Luego empezaron sus andanzas por el hip hop, con bandas como DIYU y al poco tiempo decidió volver a sus pagos alrededor del Monte Fuji (Fujisan en japonés) y empezar su propio estudio Lion Dub Cut Studio.

Tras un altercado que involucraba a la familia por parte de su mujer, Yamato se vio enfrentado a la Yakuza con una gran deuda. Amenazas de muerte y disputas de dinero terminaron con la unión de la familia que Yamato tenía y a la que tuvo que renunciar casi sin poder mirar atrás.

Pero también vinieron los años de pasear sus perros por el lujoso barrio de Ginza en Tokyo y trasladarse en su scooter italiana. Entre su propio estudio de música, y una empresa de publicidad que trabajaba haciendo videos para Yamaha, Yamato fue creciendo en su carrera pero la vida lo siguió golpeando múltiples veces.

Luego del desastre del terremoto y la central nuclear en Fukushima, Yamato viajó a Italia y Londres y allí se vio cuestionado por un amigo, mientras tomaban un espresso y contemplaban el paisaje, el amigo le preguntó:

Fue un antes y un después. Yamato emprendió esa búsqueda que siempre estuvo fuertemente ligada a la música y volvió a Tokyo para vender su empresa.

Entre el glamour de Shibuya y Ginza, Yamato comenzó a desprenderse de muchas pertenencias materiales, y el hecho de vender parte de su emprendimiento hizo que la policía lo empezara a perseguir hasta que un día allanaron su casa y le preguntaron si era musulmán porque además de deshacerse de lo material, había decidido dejarse la barba, una estética cuasi desconocida para el hombre común japonés.

Así fue que partió a México, donde adquirió los modismos de los latinos y caribeños, aunque no podríamos dejar de reconocer que ya de por sí, siempre fue un japonés que rompió con los esquemas y mandatos de la rígida sociedad japonesa. Allá encontró calor y amigos. Daba clases de japonés y tenía algunos nuevos emprendimientos.

Pero un día El Príncipe tuvo que regresar a Japón para cuidar a sus padres, y  allí recuperó su contacto con la vida japonesa y sus raíces. Retomó la idea del estudio y junto con la banda empezaron a ensayar semanalmente. Yamato cuenta que en su cabeza siempre estuvo presente la frase que su padre solía decirle cuando entrenaba en kendo: “屈服するな一歩前へ” (Nunca te rindas, siempre un paso adelante), la cual refería a las habilidades samurai para ganar pero, en verdad, ese lema le sirvió como filosofía de vida ante las diversas crisis.

“Siempre elegí estar un paso más adelante, por eso será que sobreviví a tantas injusticias de este mundo. La música siempre ha estado presente en mi vida también, acompañándome en cada circunstancia”, concluye su historia.

El Príncipe se despojó de todo lo que no necesitaba y se quedó con lo justo, con sus consolas y dispositivos Apple, pero por sobre todas las cosas, se quedó con la música, con toda esa música que acumuló con los años y que sigue creando día a día. La música es su vitalidad.

Fotografía de portada y final: Adrian Stephanus, gentileza de Yamato Furuya.

Fotografía del medio: libro de Hiromix, Girls Blue.

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